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viernes, 27 de febrero de 2026

Barítono - 10: Episodio final

 Novela en episodios - Escrito por Chat GPT 5.2 y corregido por Chelo Mil

Volvió a vocalizar. No por disciplina, no por exigencia de la academia, ni por la cercanía de un estreno. Vocalizaba porque necesitaba ordenar algo adentro. El piano marcaba el camino, ascendía con prudencia y descendía con confianza, como quien conoce el camino, una escalera en penumbras.

Estaban reponiendo Turandot. Ping volvía a ser lo suyo. En el ensayo general, cuando la orquesta atacó los primeros compases, sintió que algo encajaba. No era felicidad exactamente. Era pertenencia.

Desde bambalinas escuchó a Mariano atacar el Nessun Dorma. Sonrió. Esa aria era territorio ajeno, escrita para tenor, pero no por eso dejaba de conmoverlo. Cada registro tiene su destino, pensó. El suyo no era el del héroe que vence al amanecer, sino el de quien sostiene la trama desde el medio, cálido y resonante.

Salió a escena. La acústica hizo lo suyo: la voz viajó limpia, sin micrófonos, apoyada en años de trabajo y, podríamos decir también, talento. Cantó y, mientras lo hacía, sintió que las ciudades, la noche, los bares, los viajes, los cuerpos y los recuerdos estaban ahí, contenidos en esa vibración.

Cuando cayó el telón, el aplauso lo envolvió. Y en ese instante comprendió: su voz no era solo un rango medio. Era un puente.

sábado, 31 de enero de 2026

Barítono - 9

Novela en episodios - Por Chelo Mil

Su padre murió. Tenía cáncer hace años y en los últimos meses se deterioró con rapidez. No tocaba ningún instrumento ni cantaba, pero era un ejemplo de público, fervoroso y estimulante; aplaudía, pegaba gritos y siempre tenía una devolución positiva.

Ahora nuestro barítono estaba en la playa. Era verano y era un lugar acorde para estar, sobre la arena en la reposera, con la sombrilla para evitar el sol que cada año está más fuerte. Tenía la opción de meterse al agua, al río, y de vez en cuando lo hacía para sobrellevar el calor.

Pasaba un barco carguero, imponente, llevando seguramente cereales a algún puerto europeo. Su estela llegaba hasta las orillas, y los kayaks y las embarcaciones de menor porte lo eludían. Enfrente se veían las islas entrerrianas, con su verde virgen y un parador de tanto en tanto.

Era el atardecer, que desplegaba sus matices sobre el horizonte. Las nubes algo transparentes eran el lienzo sobre el que Dios se expresaba. Él se sentía conmovido por lo que veía y no sabía por qué. 

Sucede que a veces, cuando se va alguien querido, éste se convierte en paisaje.

jueves, 1 de enero de 2026

Barítono - 8

Novela en episodios - Por Chelo Mil

Bienvenidos, feliz año nuevo, nos dijeron en la recepción. Acto seguido nos ubicaron en nuestra mesa. El aire acondicionado estaba a full, y soportarlo iba a ser uno de los desafíos de la noche. Está bien que el calor en la calle era agobiante, pero no era cuestión de irse al otro extremo.

Nuestra mesa daba al ventanal, y desde ella se veía la vereda, donde había unas pocas mesas afuera ya ocupadas y por donde todavía pasaban algunos transeúntes.

Llegamos a las veintiuna y ya había una pequeña banda de jazz instrumental tocando en vivo, lo que fue una especie de caricia. Para nosotros fue una sorpresa: sabíamos de memoria el menú de la cena, que constaba de varios pasos y algunos nombres en francés, pero el detalle de la banda nos sorprendió. Empecé a preguntarme si podría unirme con la voz a algunos temas, la improvisación no era mi fuerte, pero algo podía aportar, qué sé yo, un standard, algo. Me acerqué al trompetista, y al terminar el tema lo abordé. Le expliqué que era cantante lírico, pero que algo podíamos probar. Su respuesta fue instantánea y positiva, me sumé. Mientras cantaba sentí una energía que iba desde la garganta hasta la coronilla.


sábado, 29 de noviembre de 2025

Barítono - 7

 Novela en episodios - Por Chelo Mil

Iba por la ruta, en el medio de la noche, en el colectivo de larga distancia. No sabemos si merecidas o no, pero nuestro barítono se tomaba sus vacaciones. Diez días en Brasil, más específicamente en Río de Janeiro, hogar del Cristo Redentor que desde las alturas abraza la ciudad.

Él sintió por primera vez el deseo de visitar la ciudad carioca con los juegos olímpicos de agosto de 2016, que se llevaron a cabo allí. Las distintas disciplinas deportivas, el fan fest y su descontrol cerca de la costanera y el retrato de la cultura y la idiosincrasia local lo habían cautivado, aunque no podemos dejar de mencionar, también, a la vasta tradición musical del país. 

Tenía puestos sus auriculares y con el celular escuchaba música mientras a través de la ventanilla veía pasar fugaces la vegetación, los sembradíos, los animales, los alambrados y los postes. Era de madrugada y todos dormían, pero él no, disfrutaba atravesar la noche y su silencio a unos noventa kilómetros por hora en la comodidad de una butaca cama.

Ey, ¿quién te va a cuidar? En este mundo peligroso tenemos que estar juntos... cantaba Santiago Motorizado, en la breve pero estimulante “El Magnetismo”.


jueves, 30 de octubre de 2025

Barítono - 6

 Novela en episodios - Por Chelo Mil

Mientras caminaba recordaba su época de estudiante. Primero en la escuelita municipal y luego en la academia del teatro. Mientras cursaba en la escuelita vivía en una residencia estudiantil de Rosario, donde estaban alojados los de su pueblo que venían a estudiar a la ciudad. El dormitorio era compartido entre cuatro y había una cocina común y un parque enorme con mucho verde, donde muchas tardes tomaba mate con compañeros o amigos. Estaba bueno que lo dejaban vocalizar sin hacerle problemas, ya todos sabían que él estudiaba canto y lo aceptaban, e incluso lo escuchaban con disfrute. Y también aceptaban que fuera gay, pero en este caso el disfrute corría por parte de nuestro joven barítono, que al mismo tiempo que andaba el camino de la lírica, daba sus primeros pasos en el placer. Primeros torpes pasos, pero pasos al fin.

Una vez invitó a la residencia a Marcelo, un chico que estudiaba periodismo al que había conocido por chat, hace unos meses. Con él fueron a ver Kill Bill al cine, y repararon en la salpicadura de sangre enmarcada en un cuadrito blanco, en la pared de un decorado.

Pero ahora estaban solos, en el dormitorio, dando lugar al deseo. 

lunes, 6 de octubre de 2025

Barítono - 5

Novela en episodios - Por Chelo Mil

Estaba en el teatro, con la compañía, en un ensayo. Entradas, salidas de personajes; agudos, graves, voces femeninas y su estridencia, voces masculinas y su calor, la orquesta y su director, el coro. La acústica del lugar era un disfrute, no hacía falta micrófonos.

En un descanso estaban todos sentados en las butacas de la platea, charlando y a las risas, cuando entró él, un hombre entrado en años, un jubilado. Se presentó y explicó para qué estaba ahí: tan simple como que cobraba la mínima y estaba pidiendo contribuciones para comprarse los remedios que le habían recetado.

Pasó uno por uno y todos le daban algo, nuestro barítono se fijó en su billetera y no tenía cambio, no podía (no quería, mejor dicho) darle 10 mil pesos. Cuando se le acercó, le preguntó si tenía cambio, y la respuesta fue que sí. Y, acá viene lo sorpresivo, antes de seguir su camino, el hombre mayor le dijo: Gracias, hermoso. Y su cabeza explotó. Supo que el jubilado no solo deseaba a otros hombres, sino que también, a su entrada edad, todavía era capaz de amar. Esto último lo intuyó, había algo en la mirada de ese hombre que se lo decía.

domingo, 7 de septiembre de 2025

Barítono - 4

 Novela en episodios - Chelo Mil

Tenía el torso desnudo, al igual que su compañero de franela. Con la mano izquierda le agarraba el bulto de manera sutil, pero con firmeza, y con la derecha acariciaba sus velludos pectorales. Se besaron: primero él le mordió el labio inferior, dando cuenta de que le gustaba tanto que lo necesitaba, después entró en su boca con la lengua y permanecieron así, en comunión, unos minutos. 

Estaban en el cuarto oscuro de un boliche, un día de semana, en Capital Federal, cuya vida nocturna no conoce de días u horarios. Él era soltero, no tenía compromisos formales, y de vez en cuando viajaba e iba a lugares como éste, para dar rienda suelta a su deseo. 

La música que sonaba era tan distinta a la que él interpretaba, que sentía estar en otro planeta. Música electrónica, donde el ritmo es lo principal. Música intervenida por la tecnología, lejos de la acústica casi perfecta de un teatro para un conjunto de voces líricas y una orquesta.

¿Vamos a desayunar? Le dijo a su compañero de franela. Encontraron un bar abierto, pidieron dos promos y, entre risas y novedades, empezaron a ponerse al día, ya que hace bastante que no se veían.

martes, 26 de agosto de 2025

Barítono - 3

 Novela en episodios - Por Chelo Mil

Estaba tomando un café por Pellegrini, mejor dicho un cortado, en jarrita, que es lo que siempre pedía. Pensaba en su infancia, de la cual tenía un buen recuerdo, había mucha música por allí. Su tío tocando la guitarra, su madre cantando; el folclore, el tango, la música clásica y, un tiempo después, los Beatles…

Hola capo, disculpame, estoy vendiendo sahumerios, tres por mil, ¿me das una mano?
Dale, ¿de qué aroma tenés?
Me queda de lavanda y jazmín.
Dame un paquete de cada uno.
Buenísimo, dos mil entonces.
Acá tenés.
Gracias capo.

En su adolescencia su recorrido musical había tenido más que ver con el rock, bandas como Nirvana lo transportaban a otro lugar, distinto, donde podía colocar su rebeldía. Durante un período más o menos largo fue vocalista de una banda de grunge, pero pronto la academia lo haría volver a lo lírico…  

Hola señor, estoy ofreciendo pañuelitos, quinientos cada uno.
¿Cómo te llamás?
Agustín.
¿Cuantos años tenés?
Diez.
Bueno, dame dos paquetitos.
Gracias, son mil pesos.
Acá tenés.
Gracias, chau.

Sentarse en la vereda del bar tenía eso, para él implicaba disponer de un dinero extra para los vendedores ambulantes, que se ganan la vida de bar en bar, de mesa en mesa… 

martes, 12 de agosto de 2025

Barítono - 2

 Novela en episodios - Por Chelo Mil

Caminaba por las calles de su barrio, necesitaba despejarse. Después de los ensayos con la orquesta siempre quedaba cansado, hace falta mucha precisión en lo vocal, es muy demandante. Estaban preparando Turandot, y él tenía el papel de Ping, uno de los tres ministros de la ópera de Puccini. Nessun dorma es el aria más conocida, pero fue compuesta para tenor, así que él no podía hacer otra cosa más que admirar a Mariano, su compañero, quien interpretaba al príncipe que vence al amanecer.

Como decía, caminaba, con su bufanda para cuidar la garganta, y miraba los distintos comercios: la panadería 24hs, que alguna que otra vez le había calmado el hambre (o el antojo) por la madrugada, la farmacia, el local nuevo y pequeño de cosas relativas al animé, la barbería, el gimnasio, el bar, etc. La vida en la ciudad es multiplicidad, pensó, y se preguntó si podría vivir en el campo. No, o al menos no por ahora. Sucede que tanto el teatro y su escenario, como la academia, están en la ciudad. Quizás en otra etapa de su vida, una etapa en la cual ya haya acumulado todos los logros que anhelaba de lo lírico.

viernes, 8 de agosto de 2025

Barítono

Novela en episodios - Por Chelo Mil

Le gustaba vocalizar. Recorrer los acordes con la voz con la ayuda de su piano, octava tras octava. De los graves a los agudos y de vuelta a los graves, como se vuelve al hogar tras un largo viaje impuesto (si los agudos son el exilio, no quiero ni pensar lo que tendríamos que decir del falsete).

Su registro era, de alguna manera, un privilegio, fruto de condiciones naturales y también de un sostenido trabajo vocal. Ni bajo, ni tenor: barítono, “un rango vocal medio, que se caracteriza por su timbre cálido y resonante”, dice la inteligencia artificial del buscador en internet. 

Todavía, de vez en cuando, recordaba esa primera clase en que la profesora de canto se lo dijo: su registro era el de barítono. Esa profesora, de la escuelita municipal, tenía rasgos muy particulares. Una cara ovalada y armónica y pelo negro lacio, que le servía de marco a ésta. Bostezar, bostezar, esa era la clave para sacar la voz lírica, en ese primer tramo de su formación. Luego vendrían los matices, y otros recursos.

Después de la práctica prendió la televisión. Ya era de noche y estaba en cadena nacional el presidente. El hambreador, pensó.

lunes, 26 de mayo de 2025

Nuestro lado B

Título: Nuestro lado B
Autora: Carolina Andrea Silva
Género: Narrativa
Soporte: digital (ePub, PDF), papel
ISBN: 978-987-28308-5-4
Año: 2025

eBook: AR$ 5000.- / U$D 3.-

Libro papel: AR$ 7000.-

Descripción: Cinco relatos que transcurren en Córdoba, en los noventa. Narrativa desde lo femenino, cierta oscuridad, y guiños LGBT.

Fragmento:

Celina está desnuda, de pie, apoyada sobre la baranda de ladrillo de su balcón. Un rato antes había terminado el Chardonnay helado. Después comenzó. Primero se desprendió el solero botón por botón, se lo quitó y lo hizo un bollo. Lo segundo fue el corpiño deportivo con tiras finas que se sacó por la cabeza y lo tiró al vacío. El calor de la tarde sofocante y el vino le aceleraban el corazón y ya estaba mareada. Terminó sacándose la tanga y la tiró junto al solero que estaba a sus pies. Todo fue a parar a la calle. Esa fue la primera señal de que algo extraño sucedía. Luego, el aviso de un transeúnte que logró verla sentada sobre la baranda y alertó al 101. Después, llegaron dos móviles policiales que cortaron el carril izquierdo del boulevard para dar aviso a los automovilistas que lo transitaban o a los que intentaban doblar por ahí desde la Entre Ríos.

sábado, 16 de noviembre de 2024

Adiós

Relato - Por Chelo Mil

Terminé la secundaria en el Poli e intenté irme a estudiar a Buenos Aires. El Traductorado de Inglés de Capital tenía un edificio lindo de ladrillo visto, en un barrio pintoresco, y en su examen de ingreso repetí mucho el término “just” en el texto que había que improvisar por escrito, en lengua anglosajona. Justo. Justo José de Urquiza. En Rosario yo vivía sobre esa calle. Justo. Como cuando pagás con el monto exacto en el quiosco.

Un paquete de veinte cigarrillos Melbourne. Costo: 1.200 pesos. Dinero entregado: 1.500 pesos. Vuelto: 300 pesos. Hasta luego.
Camino el par de cuadras que separan al quiosco de mi casa. Hace frío. Prendo un cigarrillo, después de guardar en el bolsillo los papelitos producidos al abrir el paquete. En realidad voy y vengo con el cuidado del medio ambiente: en mi casa reciclo la basura, pero las colillas las sigo tirando en la calle, en la cuneta, para que al menos se las lleve el barrendero.

Un kilo de bananas, uno de mandarinas y dos tomates. Costo: 3.500 pesos. Dinero entregado: 4.000 pesos. Vuelto: 500 pesos. Hasta luego.
Los tomates en la heladera, abajo, y la fruta en la canasta de mimbre, junto a los cereales. Las bananas están maduras, prefiero tener que sacarles alguna parte en mal estado a que estén verdes, duras y desabridas. Las mandarinas le gustaban a mi abuelo David, y a mí me gustan sin semillas, son fáciles de consumir.

Medio kilo de pan. Costo: 900 pesos. Dinero entregado: 1.000 pesos. Vuelto: 100 pesos. Hasta luego.
Pan y circo. Donde hay hambre no hay pan duro. Pan con pan, comida de tontos. No solo de pan vive el hombre. El pan es un pilar ancestral de nuestra alimentación y quizá por eso aparece en varios refranes. A mí me gusta mojarlo en crema de leche en la merienda; o usarlo como base de sándwiches en el mediodía. Prefiero la miga antes que la corteza. La miga blanca que es como un algodón comestible.

Yerba y galletitas surtidas. Costo: 3.100 pesos. Dinero entregado: 4.000 pesos. Vuelto: 900 pesos. Hasta luego.
- Hola hermoso, ¿cómo andás tanto tiempo? -pronuncian mis labios.
- Hola, bien … ¿Trajiste galletitas?
- Sí, surtidas de chocolate. Preparo el mate …
Saco el mate y la yerba del bolso matero, que es un regalo de un familiar. Mientras vuelco yerba en el mate Fernando me acaricia el pelo y me guiña un ojo, y puedo decir que su ternura es algo de lo mejor que me pasó en estos tiempos. Estamos sobre el pasto en la plaza López, en una ubicación donde tímidos rayos de sol nos brindan su tibieza. Ahora saco el termo con agua caliente y antes de colocar la bombilla en el mate echo un poco de agua sobre la yerba.
- ¿Seguís tomando amargo, no? -le pregunto mientras estiro el brazo y le paso el mate.
- Así es … Hmm, está rico …
- Te extrañé -le confieso.
- Yo también, pero ya sabés cómo son las cosas. Ahora estamos acá, aprovechemos.
Y vino el beso. Sus labios cálidos, su barba, su masculinidad. La comunidad entre dos hombres, reinando, marcando un hito en la cotidianidad. Estoy seguro de pocas cosas, pero tengo la certeza de que esto es amor.

Tres preservativos. Costo: 5.000 pesos. Cambio justo. Adiós.

viernes, 1 de noviembre de 2024

El hogar es la diferencia

 Relato - Por Marcelo Milman Pilnick

Estoy en el aeropuerto de Fisherton, haciendo la cola en la aerolínea. Viajo al exterior, y es la primera vez que lo hago. En verdad nunca salí de Rosario, pero ahora gané un concurso organizado por la Municipalidad, la provincia y Nación, en conjunto, y el premio consiste en ir dos semanas a unas islas paradisíacas en el Pacífico, en Oceanía. Entrego el pasaporte y el empleado lo agarra con amabilidad y una amplia sonrisa; en realidad todos en el aeropuerto son amables. Ya estoy en el avión, en primera. En el despegue siento la inercia que me empuja contra el respaldar y luego de un rato me duermo. Tengo un sueño extraño: un marqués con una máscara veneciana y una remera que dice “El hogar es la diferencia” me da la bienvenida a su país. Me despierto con el aterrizaje, dormí todo el vuelo. Ahora a bajar que empieza el disfrute.
Atravieso la manga, agarro mi equipaje y bajo las escaleras del aeropuerto, cuando veo un hombre que tiene un cartel con mi nombre, y ¡tiene una máscara veneciana!, como en mi sueño. Esta coincidencia me inquieta un poco. En un claro español me dice que me va a llevar a mi hotel. En el trayecto hablamos sobre el clima, que está espléndido, y cuando bajo me desea que tenga las vacaciones de mi vida.
En la vereda pasa un niño en bicicleta, lo veo fugazmente, pero reconozco un parecido a mí cuando era chico. Qué casualidad. Entro al hotel y voy a la recepción. El hombre que atiende tiene mi estatura, pelo castaño como yo y ¡mis rasgos! Bienvenido, me dice, lo estábamos esperando. Me doy vuelta y veo al botones, que también es igual a mí. Creo que me voy a desmayar, pero no. Camino unos pasos y voy al comedor, donde hay varias personas, hombres y mujeres, todos iguales a mí. Empiezo a llorar, pero en mi llanto no hay tristeza, solo incapacidad de comprender.
Señor, me dice el conserje, es comprensible su estado de shock, pero trate de tranquilizarse. Usted es el “Modelo”, y ahora que lo sabe, el mundo entero es suyo.

lunes, 3 de junio de 2024

Prosa de madrugada III

Por Chelo Mil

Crudo y cruel es el invierno, que a cada paso derrama una certeza: un pedazo de hielo antropomorfo que refracta la luz del sol.

Pero si vamos a hablar de certezas hablemos del diario, del periódico, del segundero de la historia, poblado de anécdotas de ayer que sería mejor olvidar y, que al mojarlo, su tinta se diluye en un gris informe sobre el frágil papel prensa.

También, mi barba tiene canas y éstas son la certeza del paso del tiempo. No hay dudas, la noche eterna debe ser dormida, como dijo Petronio.

viernes, 24 de mayo de 2024

Prosa de madrugada II

Por Chelo Mil

El sol indignado escucha mi lamento, lo de siempre: la soledad, la ausencia de amor y el exceso de pantallas. 

Yo igual le digo que sigue siendo mi buena estrella, el destino de mis suspiros, los del futuro. Porque habrá suspiros, me lo dijo hace un tiempo una galletita de la suerte en el barrio chino, es una promesa.

Suspiros, gemidos y jazmines, escribí en mi primer libro, aquel de adolescencia, los bravos soldados, que batallan, que destierran, que matan la muerte.

Menuda fórmula …


martes, 16 de enero de 2024

Una pareja

Relato - Por Carolina Andrea Silva

Estábamos mirando al este sobre la baranda del puente peatonal. Eran las siete de la tarde y el cielo parecía incendiarse donde estaba cayendo el sol. A esa hora, el puente era concurrido por turistas que pasaban el verano en Carlos Paz, así que nosotros mirábamos cómo ellos posaban frente al candado cerrado que acababan de poner en alguna de las barandas, o las familias enteras que plasmaban una instantánea de felicidad con el casino de fondo.  

Jorge no me hablaba y yo, encerrando unas hormigas entre mis pies, trataba de romper el silencio, porque sabía que en esa tarde yo tenía que hablar.

Mis manos buscaron la baranda para apoyar el cuerpo, mientras Jorge respiraba con dificultad, pero igualmente se prendió un cigarrillo. Sus ojos claros, mirando la nada en silencio, abrían un abismo aún más significativo. De pronto, con el cigarrillo entre los labios me dijo que fuéramos al café que estaba al lado del Zorba, donde yo solía esperarlo cuando el hacía prueba de sonido en el teatro. Yo accedí, mientras sentía las piernas flojas.

Un año atrás había sido liberado, y quiso volver a reunir a sus clientes, pero ya no lo llamaban para los eventos porque sus equipos eran viejos, o porque su estadía en la cárcel había dado lugar a todo tipo de especulación y desconfianza. Volver a la calle implicó para Jorge acomodarse a lo que podía alcanzar, pero su testarudez no lo dejó darse por vencido, y volvió a golpear puertas y a querer recibir las devoluciones de favores que nunca llegaron. Yo, con mi sueldo de empleada, hacía el aguante, mientras intentaba ayudarlo con su sueño de ser un empresario y comprarse un boliche en Carlos Paz para explotarlo con contingentes de gente cuarentona como nosotros, o chicos de colegios, o centros de jubilados. Pero las cosas iban empeorando de a poco, y Jorge no quería renunciar a su deseo.  

- Si lo hago es porque quiero demostrarles a todos esos quién soy yo. Si lo suelto es como fracasar.

- ¿Pero no sería mejor intentar cosas más pequeñas, no sé, fiestas temáticas, por ejemplo?

- Cómo se nota que no sos vos la del sueño.

Las discusiones terminaban siempre con Jorge gritando, y yo huyendo para encerrarme, y no escucharlo. Después, llegaba la hora de acostarnos, y cuando se apagaba la luz, nos buscábamos a oscuras. Teníamos una manera carnal de reconciliarnos como una forma de volver al origen, como siempre lo hacíamos desde hacía siete años.  

Al principio fui reacia a la idea que tiró ese miércoles después de acostarnos, pero me contó que había estado esperando todo el día para decirme, y al ver su mirada, y las ganas de cambiar la vida que veníamos teniendo, me convenció. Él, por su parte, ya estaba inmerso en los detalles y lo que iba a publicar para atrapar a la gente. En ese momento los grupos de solas y solas empezaban a ser un furor en Facebook, entonces me contó que hacía unos meses había armado un grupo para solteros, y unas dos semanas después había creado el grupo para conectar por WhatsApp y ahí publicar fiestas.

- Vamos a hacer mucha guita con esto. Les hago pagar una entrada a $3.000 y les ponemos una pulsera para que vayan a la barra y pidan tragos promocionales que no les va a costar nada. Les damos 5 consumiciones gratis, y después cobramos aparte los shots de tequila y los speed.  

Yo lo miraba porque no entendía de tragos, solamente había aprendido a preparar daikiris, gancias y otros aperitivos. Pero él me daba todos los detalles de su nueva empresa, y me incluía para trabajar la barra. Iba a ser de los dos, así que lo seguí.  

El grupo de WhatsApp era tranquilo, y nosotros estábamos incluidos como dos solteros más.  

- Si pasamos como solteros vamos a poder invitarlos con más disimulo y van a entrar como caballos.  

Yo acepté hasta que comenzaron a llegarme chat privados de otros integrantes del grupo. Al principio los dejé pasar, pero después lo comenté con Jorge.  

- Vos seguiles la corriente.

- ¿Pero no te jode?

- Yo no tengo drama. Ahora si sentís que podés caer en la tentación, yo ahí no puedo hacer nada.  

- ¡¿Qué boludez decís?!

- Y claro, está en vos lo que haces con eso. Las reglas del juego las ponés vos.

Durante tres meses intentó sin éxito conseguir gente para la primera fiesta de solas y solos; sin embargo, se formaban salidas espontáneas entre los integrantes del grupo. Cuando los leía Jorge fruncía el ceño, golpeaba el celular sobre la mesa y puteaba entre dientes. Cada tanto hablaba en el grupo y les contaba que era sonidista y dj y que quería hacer una fiesta. A veces pasaba la noche con el celular en la mano, mirando la pantalla en la oscuridad del dormitorio hasta que yo le pedía que le bajara la luz porque no podía dormirme.

Pero poco a poco fue dejando de enviar mensajes al grupo, aunque no soltaba el celular de noche. Ya no hablábamos ni discutíamos, ni tampoco nos reconciliábamos, aunque algunas noches me tomaba de sorpresa y teníamos sexo con urgencia y en silencio. Luego él se daba vuelta y se dormía, o se levantaba con un cigarrillo en la boca y el celular en la mano.  Después me enteré que se iba a ver con otra mujer. Apenas lo supe, pasé varias semanas intentando descifrar el código de bloqueo de su teléfono mientras él dormía, imaginando qué pasaría si me encontraba haciendo eso. Pero un día Jorge salió a comprar su etiqueta diaria y dejó su computadora abierta. Pude leer todo, incluso pude saber las veces que habían intentado encontrarse. Ella era de Buenos Aires, y esta vez había logrado acomodar sus horarios. Cuando volvió me quedé callada porque no tenía cómo explicar que había hurgado en su WhatsApp. El día del encuentro intenté seguirlos, pero sin ningún éxito. Pasadas unas semanas lo enfrenté y fui tratada de paranoica. Estábamos en el dormitorio. A punto de acostarnos, entonces se lo dije. Jorge me miró fijo, con sus pupilas dilatas mientras se mordía el labio inferior con fuerza. Se acercó a mí hasta quedar pegado a mi cuerpo, sin quitarme la vista; después salió de la casa y ya no volvió. Esa vez hubo discusión sin reconciliación. Para entonces ya no hablábamos de nada, y la idea del evento para solteros y solteras se diluía un poco más cada día.  

Una tarde recibí un mensaje de un tal Franco del grupo. Habíamos hablado varias veces, y el siempre insistía en juntarnos para tomar un café. Yo me negaba constantemente porque no quería perjudicar a Jorge y su proyecto. Pero ese día estaba cansada de seguir como si nada. Pensé que podía ponerme a su altura y devolverle el favor de la indiferencia, entonces acepté vernos.  

Nos encontramos en el centro y fuimos a pasar unas horas en un hotel de Carlos Paz que está al frente de la terminal. Al principio no quería que Franco me tocara, así que nos quedamos sentados en la cama, con la espalda rígida, como soldados en alerta, a punto de salir corriendo. Luego lloré un rato, y eso ayudó a que él pudiera acercarse con un pañuelo para secarme mis lágrimas. Entonces me besó, primero suavemente, con intermitencia, y después con fuerza. Yo lo seguí. Fue la única vez que nos vimos. Cuando me dejó, me crucé a la terminal y me senté de espaldas a las plataformas. Me quedé callada mientras mi taza de café se enfriaba. Solamente pensaba en Jorge.

El encuentro con él sucedió unas semanas después, en el puente peatonal de la 9 de julio. Me invitó un café en el bar de siempre. Nos sentamos en la ventana que da a la calle. Me dijo que ya sabía todo, porque él conocía a los contactos del grupo, pero esperaba que fuera sincera y admitiera la verdad. Yo comencé a temblar con los ojos hundidos en la mesa porque no quería ver su cara. Jorge me volvió a pedir mi confesión agarrando mi mentón con fuerza para que lo mirara. Yo solo podía llorar.

- ¡¿No entiendo qué pensaste?! Yo veo todo lo que hacés. Ahora, sabelo, vas a tener que trabajar mucho para que yo pueda volver a confiar.  

Yo escuchaba a Jorge mientras miraba por la ventana. Pensé en huir, corriendo atrás de ese colectivo que se veía venir a dos cuadras. Estaba a tiempo; después pensaría en qué hacer. Solo quería huir.  

Sin embargo, con mis ojos rojos, le pedí disculpas, sabiendo que ya había perdido.

lunes, 11 de diciembre de 2023

El hormiguero

Relato - Por Carolina Andrea Silva
Blog de la autora

Cuando el semáforo daba el paso a los transeúntes, la masa de gentes se alistaba a avanzar. Visto desde las ventanas del viejo edificio de San Martín  y Olmos, la marea humana brindaba una cadenciosa danza entre el ir y venir, mientras atravesaban la avenida. A lo lejos se oía cómo unos chicos con carros plagados de cajas de zapatos pedían el paso a los gritos para cruzar antes de que el semáforo cambie otra vez. La viejita que pide en el puestito de Red Bus se pasaba un pañuelo por la cara, mientras volvía a acomodarse en su sillita. Los kioscos estaban abarrotados, vendiendo agua y gaseosa y los cestos de basura desbordaban. La calle se había vuelto un cementerio de botellas aplastadas y papelitos de todos los tamaños. Hacía un calor insoportable, y el mundo de gente se sentía como un condimento pegajoso e intimidante.

Desde el horizonte, el cielo amenazaba con una violenta tormenta de verano sumando más tensión a la tarde. Era vísperas de Nochebuena, y aunque ya eran las siete, los comercios se mantenían activos, con la música a todo dar, y empleados en la puerta, invitando a la gente a visitarlos. Como todos los años, eran días de venderlo todo.

En la esquina de la casa de electrodomésticos la gente se agolpaba en busca de un taxi, cargando paquetes de todo tipo, y mirando con desconfianza y un dejo de malhumor. El chico que paraba los taxis se había cansado de silbar y solo agitaba las manos, parándose casi a la mitad de la avenida cuando no venían colectivos.  El mundo de gente simulaba un hormiguero violento en días de humedad.  
Una mujer cargando dos bolsas con juguetes y una caja de pileta de lona llamaba por teléfono, mientras negaba con la cabeza algo que el chico de los taxis le preguntaba.

Antes de que el semáforo dé nuevamente paso a los autos,  un hombre vestido de traje se lanzó a cruzar la Olmos corriendo. Se paró en la casa de deporte y miró su reloj. Eran cerca de las siete y media, y la gente brotaba de las oficinas para zambullirse en la locura de la peatonal. El hombre que cruzó la calle caminó hacia la Farmacia Central, mirando para todos lados, como esperando a alguien, y luego de quitarse el saco se acomodó al lado de la puerta del bar que habían abierto en noviembre  al lado de la farmacia. Después se paró en el puesto de diarios mientras hablaba por teléfono.

- Nunca hice esto. Todavía no vino. ¿Y sí la mina me deja clavado?  ¿Y si mi mujer se entera? Ya me va a llamar, porque sabe que ya salí de la oficina.

- Despreocupate, yo te la recomendé.  Es muy buena- le respondía en alta voz un hombre que sonaba del otro lado de la línea.

En todas las esquinas de la intersección de la calle San Martín y la avenida podían verse grupos de manteros, empezando a reunirse, a la espera de que el flujo de gente comience a disminuir un poco, como para poder tender sus mantas y acomodar sus puestos de juguetes y ropa, los dos objetos de deseo más vendidos en Navidad.

Mientras la fila de gente seguía esperando taxis, la mujer que hablaba por teléfono caminó hacia el cantero de la peatonal con dificultad por el peso de la caja. Se sentó en él, y se sacó los zapatos un rato. Se veía enojada, cansada y transpirada. La viejita que pide en el puesto de Red Bus le hablaba mientras plegaba su sillita y acomodaba un bolso rojo. Ya eran cerca de las ocho y ella se estaba yendo. La mujer no la escuchaba aunque asentía con su cabeza. Estaba hablando por teléfono. Luego cortó y arrancó de nuevo a la fila de los taxis.

Cuando llegó se acercó al oído del chico que fijaba su mirada en la avenida sin taxi libre para parar.

- Al final el pelotudo de mi marido no puede entrar al centro, así que voy a pedirte un taxi.

El chico le contestó algo entre risas y siguió con su trabajo, agitando su mano, mientras tomaba una Coca.

El hombre que estaba en el puesto de diarios miró otra vez su reloj, y se agarró la cabeza. Ya había cortado dos veces las llamadas entrantes  de su mujer y estaba escribiéndole un mensaje, cuando recibió una llamada que lo hizo cruzar  la avenida, corriendo otra vez. Una diminuta mujer con un vestido rojo y bolsas de cartón en una de sus manos lo llamaba a la distancia.

Cuando llegó ella lo saludo con un beso en la mejilla.

- Soy Carla. Perdón la demora pero hoy fue un día terrible. Tuve muchos clientes.

Tomó una de las bolsas y se la dio al hombre.

- ¡Le va a encantar a tu nene! Pero tené cuidado con las fichas, son pequeñas.

El hombre sonrió, le pagó, y salió caminando hacia la fila de los taxis. Sacó su teléfono y la llamó a su mujer.

- Amor, ya tengo el jueguito para Dante. No sabes el miedo que tenía de que la mina no venga y yo me clave con la seña que le hice sin avisarte.

Mientras algunos negocios bajaban las persianas, los manteros conservaban la actividad  comercial, ahora sobre la peatonal de la San Martín, contando plata en efectivo tímidamente,  mientras los clientes iban apreciando el abanico de productos que ellos ofrecían. Todavía se podía escuchar la música que se confundía con el murmullo de los autos de  la Olmos, y la gente que daba vueltas, buscando algo para regalar.

sábado, 22 de abril de 2023

Nuestra historia en el medioevo IV

Plaza/ Feria
Relato - Por Marcelo Milman

Durante el día soy artesano, trabajo la madera. Relojes de sol, carruajes en miniatura, embarcaciones de distinto tipo y demás objetos. Mi materia prima es el bosque: troncos, ramas, cortezas, nudos, betas y hasta hojas verdes se vuelven maleables en el transitar por mis manos. Pequeñas piezas se unen y cobran vida, artesanías que después vendo acá, en la feria del burgo. Suelo pasar aquí varias horas al día pero, tengo que confesar, últimamente no dejo de pensar en él, en Andrés, y ansío que llegue la noche para encontrarnos. Yo charlo con los feriantes, que son mis compañeros, y respondo consultas de los posibles compradores pero, siempre en un rincón de mi mente están su robustez y su forma de amar, sus ojos marrones y su gesto amable, en fin, su sonrisa y la calidez de sus labios al besarnos.

Él es campesino, trabaja la tierra aquí cerca, en los alrededores, y a la orden de un patrón de campo que, según me cuenta, es muy exigente. Y supongo que a él le debe pasar algo parecido, digo, esto de extrañarme, de extrañarnos. La siembra, la cosecha y el trabajo con los animales de la granja constituyen sus ocupaciones diurnas, iluminado por la luz del sol que, entre otras cosas, es para cada uno de nosotros la marca de la ausencia del otro, es lo que impone distancia entre nosotros.

Pero bueno, en unas horas la luna reinará de nuevo y, en algún lugar, ocultos y susurrando, vamos a transformar la noche en territorio fértil, en comunión de nuestros cuerpos y de nuestras almas.

martes, 7 de marzo de 2023

Nuestra historia en el medioevo III

Estadio/ Establo
Relato - Por Marcelo Milman

El silencio y la desnudez nutren nuestra interacción sobre el heno. Estoy boca abajo, descansando del buen sexo, y Andrés pasa su robusta pierna sobre mí, a la altura de mi cola. Siento sus vellos y su peso, y pienso que su robustez no es solo física, sino también espiritual. Su conocimiento de los textos sagrados es abrumador. Pero lejos de la pedantería solo da cuenta de ese saber cuando puede ser de ayuda. Como cuando hablamos del Cantar de los cantares, ese libro tan distintivo dentro del Antiguo Testamento. El deseo y el amor nutren sus páginas …
En fin, en un par de horas amanece, y con Andrés tendremos que salir del establo y separarnos, por lo menos hasta la próxima noche.

sábado, 25 de febrero de 2023

Cerrar los ojos y otros relatos

 Título: Cerrar los ojos y otros relatos
Autor: Marcelo Milman Pilnick
Género: Narrativa
Soporte: digital (ePUB, PDF), papel
Año: 2023

eBook: AR$ 5000.- / U$D 3.-

Libro papel: AR$ 7000.-

Descripción: Cuatro relatos que a través del uso de la primera persona, exploran mundos relativos a lo LGBT, el BDSM, el feminismo y el materialismo histórico.

Fragmento:

En el año 1997 se estrenó la película Abre los ojos, del cineasta español Alejandro Amenábar, y en 1999 se estrenaba Ojos bien cerrados, del estadounidense Stanley Kubrick. O sea que podríamos decir que hacia el final del siglo XX se nos planteaba una disputa en torno a la mirada. ¿Qué hacer? ¿Abrir los ojos, o cerrarlos? ¿Cómo recibir al nuevo milenio? ¿Seguir mirando al mundo o alejar la luz de nuestras pupilas?

Soy crítico de cine, trabajo para medios nacionales y de afuera. Y soy bueno en lo que hago; ya pasaron un par de décadas de oficio y el reconocimiento llegó. He visto muchas películas. Infinidad de directores, actores, productores, guionistas, montajistas, y demás rubros.

Pero hoy mi elección es clara, cerrar los ojos. Voy a pasar todo el día con los ojos cerrados, como si fuera ciego. Es una experiencia que quiero atravesar. Llevo cincuenta años mirando mi vida, y a otras vidas dentro de mi vida, en el cine. O mirando miradas de los distintos directores. Y estoy un poco saturado, necesito un descanso, aunque sea breve.