Nuestra historia en el medioevo

Capilla
Capilla
Relato - Por Marcelo Milman

Estoy en la parte de atrás de la capilla, y ahí percibo los labios de Andrés como nunca. Digo percibo, y el tacto florece como sentido privilegiado; podría decir que experimento sus labios, su calor, su ternura. Es de noche, pero igual nos guarecemos a la sombra de algunos árboles, ya que la luz de la luna tiene hoy algo de amenaza, involuntaria, pero delación al fin.

Sucede que Andrés y yo somos hombres, y hay algo en esta época, en el mundo, que nos obliga a lo furtivo. Algo tan noble como el amor o el deseo tiene para nosotros, y para tantos otros seguramente, el mandato del silencio.

¿Qué hacemos en las afueras de una capilla? Bueno, a pesar de que definitivamente no hay consenso sobre ello, nosotros estamos con Dios, lo amamos, y tratamos de estar lo más cerca de él que podemos, incluso cuando nos besamos. Conlleva un riesgo, es verdad, pero sabemos que él nos cobija, nos protege  y nos quiere en su morada.

¿Estamos?

Plaza del "Che", 27 y Bs. As.
Por Marcelo Milman


Estoy despierto, mis párpados abren y cierran y las pupilas hacen lo suyo (como hay poca luz están enormes). Estoy en la mitad de la noche y solo un velador baña las paredes blancas, ahora amarillas.

Estoy en mis cuarentas, muchos dirán en la mitad de la vida. Sin embargo mi pasado is just a glimpse, un instante, un destello y, yo quiero que el futuro se prolongue un poco más. Perdón por el uso del inglés, pero glimpse suena hermoso. Perdón por pedir perdón, pero hay quienes internalizaron la guerra fría y no pueden oir la belleza de las palabras.

Estoy cansado de la psiquiatría, sus diagnósticos y su crueldad.

Estoy en el umbral de una historia de amor que, si se da, va a cambiar el mundo.

El paraíso de los cazadores

Relato - Por Marcelo Milman

Estoy en la barbería, de los dos peluqueros me atiende el robusto. Con sus manos toca mi pelo y con sus ojos negros me mira, o mejor dicho a mi reflejo a través del espejo. Mi reflejo muestra a un hombre cansado, al que las noches de incertidumbre lo vienen matando, de a poco quitándole el alma. Pero sigo vivo, y lo voy a demostrar, voy a recuperar mi humanidad, nuestra humanidad.
El peluquero ahora agarra la navaja, y con movimientos ascendentes comienza a afeitarme. Huelo la sangre sobre el filo y veo su sonrisa, pero no voy a dejar que me mate. Agarro el spray para pelo y se lo rocío en los ojos, negros y desiertos como la noche de la ciudad. Hijo de puta, me dice, mientras se lleva las manos a la cara. Es hora de correr, pero no va a ser fácil: el otro peluquero se desnuda y me dice vos de acá no salís. La chica que él estaba atendiendo ya está filmando todo con su celular y le dice matalo, matalo. Me desnudo yo también, porque mi piel tiene el poder de todos mis amantes y ahora lo necesito. Se acerca con la navaja, yo junto pelo del piso y se lo tiro a la cara, y le echo spray, de nuevo, en los ojos, pero es inútil, sigue avanzando. Entonces entra un cliente. Por favor ayudame, me quieren matar. Disculpá, pero tengo turno ahora en unos minutos y estoy apurado, así que terminen con esta mierda, sea lo que sea. Se sienta en el sillón y cruza los brazos. El peluquero comienza a vestirse, yo salgo disparado hacia la vereda.

Tomando un café se me ocurren ideas, está bueno. Pero en un momento me doy cuenta de que en una mesa cercana está el hombre que me violó, hace un tiempo. ¿Es la hora de la venganza?
Me levanto con la taza de café con leche en una mano. Me acerco por atrás, la moza me mira. Giro la muñeca y lo baño en marrón indeleble. Puto de mierda, vas a morir. No te tengo miedo, de alguna manera ya me mataste, y no podés hacerlo dos veces. Se acerca, furioso. Me agarra del cuello y aprieta. Todos gritan. Mientras respiro lo poco que puedo cierro los ojos y veo flashes de mi vida: ese cumpleaños de la infancia, con amigues y mascotas en el patio de casa; mi primer contacto sexual con otro hombre, de quien nunca supe su nombre; mi primer gran amor, fallido por la interferencia de una madre homofóbica; el viaje a dedo a Misiones al comienzo del milenio. Entre muchas otras cosas.
No puedo respirar, me va a matar dos veces. Con la poca fuerza que tengo le manoseo el bulto. Se le para, de a poco pero cada vez más. Puto de mierda, me re calentás... no puedo matarte. Si me das tu teléfono te suelto. Dale, dale. Me suelta, respiro aliviado, me siento y me largo a llorar. Lo seduje para no morir.

Muestra: Pichincha prostibularia

Crónica - Por Marcelo Milman

Pichincha: Historias de la prostitución en Rosario, 1914 - 1932.

Iba a ir a un taller de canto en el CEC, pero se me hizo tarde y me acobardé. Como ya estaba afeitado y bien vestido (sin el jogging que uso en casa los fines de semana) me fijé en la agenda cultural qué había para hacer. Esta muestra del Museo de la Ciudad me pareció interesante.

Tomé el 110 en la esquina de casa. Todo bien hasta que, por 27 de Febrero, el colectivo frena de golpe. La inercia nos lleva a todos para adelante. Después dos flacos en la vereda tiran un botellazo a una de las ventanillas. Confusión, pero el colectivero los elude y sigue unas cuadras, frena y pregunta si todos estamos bien. Está hecha una locura la ciudad, dice alguien en los últimos asientos. Me bajo en Oroño, camino unos metros y llego al museo. Hay gente en los bancos de madera de la entrada, charlando, tomando sol o leyendo.

Entro y me recibe una chica que me explica que hay cuatro salas que constituyen la muestra: en la que estamos, que es chica, donde hay arte plástico de la época y textos sobre las paredes; una que expone fotos tomadas en casas de tolerancia por un joven Antonio Berni, quien después se convertiría en el reconocido pintor; y otras dos, donde hay proyecciones en blanco y negro, mapas del barrio, vestimenta y objetos como las "latas" o las tarjetas con fotos de mujeres que venían en los paquetes de cigarrillos.

Lejos del recuerdo del placer sexual y su topografía, en el patio un grupo de hombres y mujeres bailaban danzas folclóricas, revoleando los pañuelos y todo.

"El burdel y el manicomio serán esos lugares de tolerancia: la prostituta, el cliente y el rufián, el psiquiatra y su histérica -esos 'otros victorianos', diría Stephen Marcus- parecen haber hecho pasar subreptíciamente el placer que no se menciona al orden de las cosas que se contabilizan; las palabras y los gestos, autorizados entonces en sordina, se intercambian a precio fuerte. Únicamente allí el sexo salvaje tendría derecho a formas de lo real, pero fuertemente insularizadas, y a tipos de discursos clandestinos, circunscritos, cifrados. En todos los demás lugares el puritanismo moderno habría impuesto su triple decreto de prohibición, inexistencia y mutismo", Michael Foucault, Historia de la sexualidad 1. 

Mil novecientos noventa y ocho

Por Marcelo Milman

1997

- Por favor, si el año que viene voy a estudiar Teatro, ¿Para qué me puede servir esto? -le pedía al profesor. Me había sacado un cinco (se aprobaba con seis) en la última materia de la secundaria, del Politécnico. Era algo sobre carga y descarga de cereales en el puerto, tolvas, cintas transportadoras y cosas por el estilo.

1998

Ya tenía 18 y después de un intento fallido de ingresar al Conservatorio en Buenos Aires, estudiaba Actuación en la Escuela Nacional de Teatro y Títeres, ubicada en peatonal Córdoba y calle Mitre, en Rosario.
Fue un año excepcional: en las materias prácticas pude descubrir el propio cuerpo como instrumento, aprender a confiar en el otro, también que tocarse no tiene nada de malo y, en Música, ver y llorar con Amada inmortal (1994), la película que narra la vida de Beethoven, sobre todo en la escena cuando él corre y corre escapando de su padre; luego, en las materias teóricas, leer sobre dinámica grupal de la mano de los textos de Pichón Riviere, y por otro lado, clásicos griegos como La Odisea, de Homero. En paralelo y por mi cuenta, recuerdo mi abordaje al Manifiesto Surrealista, que era el texto introductorio al Pez soluble (1924), de André Breton.

Pero lo más intenso que viví en la carrera de Teatro fueron las relaciones, amistades y amores. Me enamoré por primera vez, de un compañero que se llamaba igual que yo y, que como Beethoven, también escapaba de su padre; y conocí grandes compañeros o amigos, como Héctor, Martín, Nadia o Evelina.

2022

Me despierto temprano, me hago unos mates, prendo la tele y me tiro en el sillón a navegar por las redes en el celular. Veo que tengo un mensaje en Instagram: es Evelina que me manda tres fotos. En una de ellas estábamos metidos en la fuente de la plaza López, con Anabel, cagándonos de risa, enfrente de donde Evelina vivía en ese momento y a una cuadra de donde yo vivo hoy. Éramos jóvenes y yo estaba bien bronceado, y con ropa blanca. Y esa noche fui feliz.