Estoy esperando al plomero. Me dijo que venía entre las 8 y las 9, y son las 10.15h. Cruzo a la verdulería de enfrente y compro algo de fruta para desayunar. La chica que atiende me pregunta si voy al gym. Le digo que no, que estoy esperando al plomero. ¿Y después?, insiste. No, hoy no voy, hoy mi día es arreglar el flexible que pierde del calefón, para poder bañarme en mi casa, sin tener que ir a lo de mi vieja.
Llegó. Bajo a abrirle y veo que le pone candado a su moto. Carga sobre sí dos bultos re pesados: la mochila y la caja de herramientas. Sobre la vereda queda una lata de bebida energizante a medio tomar, y me dice si se la puedo entrar yo. Unos minutos más tarde me va a contar que está a full de trabajo, que ni los fines de semana para un poco. El energizante no era una excentricidad como pensé al principio, es un cuerpo que pide ayuda para mantenerse erguido.
Subimos a la terraza donde está la llave de paso del sector cuatro. Allí usamos mi escalera para llegar a la llave: él me pide que con una mano tenga la escalera y que levante la otra para hacerle de apoyo. Con una destreza notable digna de un gimnasta logra cerrarla. Ahora unas diez familias están sin agua.
Pero no será por mucho tiempo, en unos veinte minutos el arreglo estuvo hecho.

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